Estás leyendo: La crueldad que aprendemos temprano: lectura de «Un drama de la niñez» de Richard Middleton
No hace mucho tiempo que leí un relato que realmente me conmovió, una extraña sensación recorrió mis sentidos y enseguida pude identificar ese caos que poco a poco se abría camino en mí.
Estaba próximo a reanudar mis actividades laborales, exactamente faltaba un día, por lo que necesitaba de algo que calmara un poco mis nervios por este próximo y cercano acontecimiento, así que decidí tomar un ejemplar que hace un par de meses había adquirido, un ejemplar de Richard Middleton.
«Un drama de la niñez» inmediatamente revela ese lado que alguna vez todos nosotros sentimos en la vida diaria. Me permito decir «alguna vez» por no referirme a un periodo de tiempo mayor, tan simple y complejo como decir «toda la vida», no lo hago para poder referirme en esta ocasión, en un punto en específico.
Es curioso cómo Middleton decide hablar de un tema que aparentemente afecta en su mayoría a los «mayores», una crisis de tal magnitud, que uno de sus primeros síntomas es el cuestionamiento sobre todas y cada una de la actividades que realizamos día a día, dudas sobre el valor que estas poseen y el destino que estas nos pueden traer.
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Es importante tener presente el contexto en el que se desarrolla este pequeño relato, pues en este se nos presenta el cómo es que este tipo de crisis atormentan incluso a los pequeños infantes, lo que es curioso y va en contra de lo que los más optimistas consideran como lo más puro y en otras palabras, la hoja en blanco que tiene todas las posibilidades de encontrar un destino «bueno», adecuado, funcional para la sociedad, una persona óptima, teniendo en cuenta que estas palabras pueden interpretarse de infinitas maneras.
Middleton era plenamente consciente del impacto de sus palabras, un efecto que hoy resulta no solo evidente, sino cada vez más frecuente en nuestro tiempo.
Vivimos en un tiempo en donde la pregunta constante: ¿para que hago esto?, nos sorprende cada vez más en nuestro pensar, y acompañada de esta, también existe la siguiente: ¿por qué tengo que hacer esto?
El vivir en una rutina, es algo que absolutamente cualquier ser vivo hace, la diferencia notable que existe entre cada uno de esos seres vivos con nosotros los seres humanos, es la plena conciencia de que esta existe, y que además, la podemos colocar dentro de un marco que nos permite analizarla, juzgarla, y pensarnos fuera de ella, como una latente posibilidad, y junto con este análisis, nos plantemos la posibilidad de vivir sin ella.
Es en este momento donde la gran construcción que representa el vivir en la rutina, comienza a tambalearse, es en el momento en el que comenzamos a cuestionar esta serie de actividades repetitivas, cuando los cimientos parecen debilitarse, como si la ignorancia de la existencia de los mismos les dotara de infinita fortaleza y resistencia.
Pasemos a lo inquietante de todo esto, pues Middleton no consideraba en sí la crisis cómo el punto más importante de su relato, lo verdaderamente inquietante está en el hecho de que tal suceso apareciese en una etapa tan temprana como lo es la niñez.
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No surge de la nada —algo que, desde una perspectiva filosófica, resulta imposible para algunos, claro está—. Desde el inicio del relato, el menor expone el pesar que lo acompaña a partir de un acto tan cotidiano como asistir a la escuela. No se trata solo de eso: recorrer las mismas calles, observar día tras día los locales extraños y desolados, junto con sus trabajadores, y saberse inmerso en una dinámica que ni él mismo logra comprender, no hacen sino hundirlo en una tristeza profunda, en una decepción silenciosa frente a la vida misma. El no saber por qué debe dirigirse cada día a un lugar en el que no se siente cómodo termina por condensar aquello que, con inquietante naturalidad, solemos llamar vida.
Esto es realmente lo denso de la historia, ¿Cuántas veces nos hemos sentido dentro de una rutina sin sentido, exclusivamente cuando pensamos estrictamente en ella?, solamente cuando nos cuestionamos fríamente, cuando tratamos de romper los cimientos de la gran estructura y pensamos libremente, sin importar destruir lo que consideramos indestructible y quitar de lugar lo que se nos ha dicho y creemos como inamovible, es cuando se nos presenta ante nuestra vista la angustiante realidad de nuestra vida, la rutina sin sentido.
¿Por qué no puedo salir de aquí?, en estos tiempos quien desee realizar esto, tendrá solamente dos destinos, el primero, y el que casi la mayoría escoge, la vida complaciente al sistema, rutinaria, con destinos establecidos, pero de alguna forma impuestos por costumbre, por el simple hecho de ser así, siempre ha sido así.
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El segundo, y el más cruel — y no por ser perjudicial en sí, ¿Quién consideraría perjudicial el elegir libremente fuera de lo que establece la tradición? — es el que nos lleva a la inanición social, a considerarnos como inservibles seres en medio de un «funcional» ciclo de repetición, a personas que no sirven al modo de vida establecido y que por perseguir una voluntad propia, sacrifican el pertenecer a un grupo social, que aunque desviado en cierta forma, nos hace ser humanos.
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Es evidente que el protagonista del relato se hace estas preguntas y desea no ser parte del primer destino, lo que casi que por medio de un sistema de eliminación, le deja solamente con el segundo destino como opción, pero que al ser incapaz de acceder a él — claro está que es complicado — decide luchar por mejorar su realidad, esto, sacrificando en esencia su bienestar físico, fingir enfermedades, alargar lo que no debería y planear estrategias infantiles con el propósito de luchar contra la rutina.
En un principio parece funcionarle, pero no es consiente de que solo está posponiendo lo inevitable, que analizándolo bien, cae en lo que absolutamente todos los humanos hemos realizado o seguimos haciendo para luchar contra la rutina, fingir que podemos hacerle frente a esta realidad, que podemos ponernos de píe, retar y salir victoriosos, nada más falso que esto.
Al final del relato, nuestro protagonista consigue al fin ser cambiado de colegio, después de infinitas estrategias e innumerables intentos por huir de esa rutina, aparentemente sus crisis terminan, consigue una tregua momentánea: con este cambio, se siente mejor, cree que todo el sufrimiento y las crisis terminaron, considera que ganó. Nada mas falso que esto.
Esto no confirma algún tipo de liberación, solamente confirma la angustiante vida que llevamos, la cual está inevitablemente apegada al primer destino: la vida marcada por la repetición y la angustia.
No salió victorioso en sí, su primer angustia, — el asistir a una escuela que lo obliga plantearse el propósito de la misma, así como la monotonía y la rutina de las calles recorridas a diario, los comercios, ver a los trabajadores de los mismos, sus compañeros y maestros — no desaparece; se desplaza para solamente iniciar de nueva cuenta pero con otros nombres, otra institución, otro trayecto, pero la estructura sigue intacta.
Este cambio no resuelve el conflicto, inicia una y otra vez, esto es lo que Middleton parece advertir, una angustia existente independientemente del lugar, pues es más complejo, es una visión de la realidad, que a pesar de luchar por deshacernos de ella, nos sigue en todas las actividades de nuestra vida.
¿Consideras que esto efectivamente es así?
¿Crees que existe alguna salida a esta inevitable angustia derivada de la rutina?
o puedo realizar otra pregunta más radical: ¿Es necesario angustiarnos ante la inevitable presencia y el tener que cumplir con la rutina?
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